domingo, 2 de septiembre de 2012

Fátima, una mujer con una sonrisa llena de felicidad

Me encuentro cómoda en este país.
LLegué hace más de un año con muy poco equipaje.
No tengo demasiados bienes,
pero lo suficientes para dar gracias por haber llegado hasta aquí.
La nevera no está llena, pero puedo comer todos los días.
No necesito lujos porque nunca los tuve, por lo tanto, no los echo de menos.
Claro que para mi el ducharme a diario ya es un lujo, o el tener luz con solo apretar un interruptor,
o tener un techo bajo el que resguardarme.
Tengo trabajo, es duro no lo niego, pero estoy acostumbrada a trabajar duro y sin comer.
No fue fácil atravesar el Estrecho, nunca había pasado tanto miedo.
El miedo te paraliza, te bloquea, te hace temblar... Y es imposible controlar un solo movimiento, o un solo pensamiento.
Más de 30 hombres, 15 mujeres y 3 niños entre dos y cuatro años, éramos los ocupantes de esa especie de nuez que a veces se balanceaba
con fuerza.
El estar en ese reducido espacio me hizo sentir claustrofobia en varias ocasiones.

Pero ya era tarde para retroceder .Estábamos casi en la mitad del recorrido y no sabía nadar.
Creo que casi ninguno de los que íbamos ahí sabíamos nadar.
Curioso el tema, te arriesgas para encontrar algo mejor y lo haces sin pensar que todo puede acabr en las profundidades.
¿Cuántos cuerpos yacerán en el fondo?- me pregunto-
Curioso también que los barcos de turistas que avistan delfines y otras especies,
paseen a diario por encima de tantos cadáveres.
Me pregunto igualmente, si esos turistas pensarán que debajo hay cientos de historias y de ilusiones
que han quedado rotas.

El rostro de mis compañeros se confunde con la noche.
Sólo sus ojos abiertos de par en par resaltan en la oscuridad.
Miradas llenas de pánico que se pierden entre las aguas, o entre la tierra que aparece aún lejana.
Nadie habla pero no hace falta decir nada. Todos sabemos que en un solo segundo podríamos caer al agua.
El Estrecho con sus aguas profundas y en plena noche parece querer tragarme.
Hubo momentos en los que la angustia empezó a controlarme.No podía respirar ,y me daban ganas de saltar y terminar cuanto antes con todo.
Entonces...cuando eso ocurría cerraba los ojos e intententaba pensar en mi familia, en mi tierra, en todo lo que había dejado atrás de bueno,
y en lo malo que también viví.
Así conseguía tranquilizar mi mente y mi corazón.
Me quedé fijamente mirando a uno de los niños, no sé cuanto tiempo estaría perdida en esa pequeña cara.
El niño iba agarrado al pecho de su madre, pero no mamaba, iba tan dormido como si estuviera acostado en la mejor cuna.
Ahora sé porqué lo miré durante tanto tiempo, y es que me reconfortaba ver ese rsotro ajeno a todo, feliz...
Ese pequeño tenía lo que necesitaba en ese momento,
que era a su madre y no le hacía falta nada más.

Me pareció mentira cuando puse los pies en tierra firme, creo que jamás había sentido una sensación tan placentera.

Al principio todo fue muy duro,pero ahora soy feliz.
Nunca volveré a mi tierra y lo más probable que tampoco vea más a mi familia.
Y aún así doy gracias a la vida por haberme traído hasta aquí.
No me hace falta nada, ni en mis mejores sueños pensé que tendría todo lo que quería.
Dentro de ocho meses seré madre.
Le pondremos Manuela y para mi será el mejor regalo.
Ese "regalo" me confirmará ,que el miedo y la determinación que, tomé al cruzar el Estrecho, merecieron la pena.

A Fátima aún le cuesta trabajo pronunciar mi nombre.
Tiene una sonrisa llena de vida, y una mirada repleta de felicidad.
Ella dice no entender como la gente aquí no es feliz, dice que no sabemos valorar lo que tenmos.
Fátima no tiene estudios pero la vida la ha hecho sabia, valiente y generosa.

A ella,
a otros como ella
y a aquellos que perdieron la vida en el intento.

Damafromhell

22:59
Jueves
06/05/2010